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EL BDSM EN EL CINE

 

UNA NOCHE CUALQUIERA
DURMIENDO CON MI ESCLAVO

-Por favor, quíteme las pinzas -lo dijo muy bajo, casi en un susurro, acurrucado sobre su lado derecho con la cabeza doblada sobre el pecho.
Hacia más de dos horas que se las había puesto, eran unas pinzas pequeñas, de madera muy nueva, que mordían terriblemente, dos en cada uno de sus pezones y una larga hilera perfectamente ordenadas a lo largo de su polla y sus huevos.
-Tendrás tu mismo que pedirme que te las quite, yo voy a dormir un poco, -le dije cuando terminé de colocárselas y mientras me giraba en la cama para dormir.
Le dejé ahí, en la cama, junto a mi, vuelto hacia mi espalda, en la misma posición en la que se encontraba ahora, creo que no se había movido ni un centímetro, aunque varias veces a lo largo de esas dos horas entre sueños le había oído gemir, suspirar, resoplar ligeramente... Ahora me costó un poco oír su susurro, pero lo escuché. Realmente yo tampoco había podido dormir mucho.
-¿Que dices? -le pregunté sin volverme. Sentí cómo la humedad que no me había abandonado en toda la noche, se hacia más espesa, cómo mi sexo se desataba en un profundo latido.
-Por favor, quíteme las pinzas, -repitió, temblándole un poco la voz
-Por favor ¿que? -Mantuve mis ojos cerrados, mientras mi coño latía cada vez con mas fuerza
-Por favor... Señora, perdón Señora
-Bien, pues ahora repítelo como es debido, y que yo pueda oírte, que pareces una niñita gimoteante.
-Por favor, Señora, quíteme las pinzas, -carraspeó ligeramente y ahora pareció articular un poco mejor
Me giré sobre la cama y le acaricié con fuerza sobre las pinzas de sus pezones, arrancándole un fuerte gemido mientras lo hacía. Con la otra mano sujete sus huevos pinzados tirando de ellos sólo un poco, el contacto me hizo estremecer, y su grito de dolor se dirigió directamente a mi coño palpitante.
De un empujón le hice girar y quedó acostado boca arriba sobre la espalda, las piernas abiertas, los ojos cerrados, la boca crispada en una mueca de dolor. Me incorporé, me senté sobre él y empecé a restregar mi coño empapado sobre las pinzas que se alineaban entre sus piernas, sujetándome a sus pezones amoratados. Ahora sí, gritó largamente. Pensé que podría seguir hasta correrme, pero me eché hacia atrás, me instalé sobre sus muslos y empecé a masturbarme
-Empieza a quitártelas tu mismo, primero los pezones.
Le oí respirar hondo mientras mi mano se deslizaba una y otra vez sobre la humedad de mi coño, ambos sabíamos que sería muy doloroso, así que me propuse administrar mi orgasmo, para disfrutar de su dolor hasta el final.
Se quitó la primera muy despacio, gimiendo y retorciéndose, sujetos sus muslos entre los míos, y aceleré el movimiento de mi mano apretando al mismo tiempo los músculos de mi vagina palpitante, sin dejar de observarle.
-Ábrelas rápido, de un solo movimiento, si no quieres que te las arranque a latigazos.
-Si Señora, perdón.
Se quitó la segunda en el mismo pezón, ahora si, abriéndola de una vez, gimió con fuerza e hizo un gesto para cubrir el pezón con su mano buscando el alivio, pero se contuvo. Mi humedad sobre sus muslos.
Tres, cuatro... siete, ocho, nueve... su cara cubierta de lagrimas, mi coño alargando el orgasmo... quince, dieciséis...
Continuó quitando cada una de las pinzas entre gemidos, le sentía retorcerse entre mis piernas mientras continuaba frotándome con fuerza y muy rápido el coño a punto de estallar. Pendiente de su cara contraída por el dolor, de sus intentos por contener el gemido, de su cuerpo contraído pero bien sujeto bajo mi peso.
Veintiuna, veintidós...
-Mírame a los ojos y continua. -Aún quedaban siete pinzas mordiendo su testículo izquierdo.
Cuatro pinzas más y sentí que el orgasmo era incontenible, estalló desde la raíz del pelo hasta lo más profundo de mi coño mientras mi esclavo se liberaba, de las últimas tres pinzas. Me derrumbé sobre él restregándome sobre su piel castigada, mi cara sobre sus lagrimas, mis manos aún en mi coño presionando su sexo dolorido.
-Gracias Señora, la amo.
Ahora sí, me abracé con fuerza a su cuerpo, y le acuné besando sus lagrimas. Yo también le amaba claro.

     
 
     
 

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