Index Yo, Domina Zara Mazmorra en alquiler Agenda
Tour Escuela BDSM   Anuncios BDSM Links
Fucking

 

Dómina Zara, sus alumnos y colaboradores escriben:

¿Quieres ver publicadas tus fantasías, tus experiencias, tus sueños más perversos...?
Envíaselas a Dómina Zara directamente,
ella las leerá y te las comentará personalmente... Luego, si estás de acuerdo, se publicará en este site.


FIESTA DE CUMPLEAÑOS

    Como en otras ocasiones, y respetando a rajatabla sus órdenes, llamé por teléfono a mi Ama. Como máximo, una vez por semana debía cumplir con este rito, y expresar a través de la línea telefónica mi completa sumisión a mi Dueña y Señora. Ella entonces se burlaba de mi, me insultaba, y muchas veces me obligaba a realizar algunos de sus obscenos deseos:
    desnudarme ante las ventanas, colocarme pinzas en las tetillas, permanecer de rodillas o, simplemente, contarle como y cuando espiaba a mis vecinas. En aquella ocasión, sin
    embargo, las órdenes fueron diferentes.

    Altiva y agresiva como siempre, oí su voz entremezclada con una risita de
    malicia.
     -Esclavo, hoy tengo algo especial para ti. Quiero que mañana, a primera hora de la tarde, te presentes en mi establo. Voy a celebrar una pequeña fiesta y te necesito a mi servicio.

    Sin más explicaciones, colgó el teléfono. Me quedé, de verdad, un tanto intrigado, pero mi experiencia me había demostrado que no se puede desobedecer una orden de mi Dueña, y que sería mucho mejor para mi acudir con mansedumbre a su llamada. Así, al día siguiente, a las cuatro en punto, llamé al timbre de su puerta. Después de identificarme, me hizo entrar.

    Estaba hermosa, dominante, con unos zapatos de tacón altísimos y unas medias negras de costura.
     -¡Pasa, esclavo, y arrodíllate ante mí! Te voy a contar una sola vez el motivo de tu estancia aquí. Presta mucha atención y no abras para nada la boca.
    Mientras hablaba desde su sillón, levantó lentamente el pie y lo acercó a mi boca.
    -¡Bésalo! Quítame el zapato y besa mi pie sin lamerlo: no quiero que
    mojes la media. Y ahora ¡escucha!
    Continuó:
    -Esta tarde, una de mis mejores amigas celebra su cumpleaños, cuarenta años para ser exactos. Y había pensado en organizar una pequeña  fiesta para sorprenderla. Además de Ingrid, también he invitado a otras dos compañeras, también Amas. Y finalmente, para poder disfrutar de juegos inventados por mi, te he hecho venir a
    tí. Tú serás nuestro objeto, nuestro juguete favorito. ¿Has comprendido bien, esclavo?

    Afirmé con la cabeza, al tiempo que empezaba a temblar muy discretamente. Ser el centro de atención de cuatro sádicas mujeres es algo que sólo en mis más remotos sueños había podido imaginar.
     -Ahora ¡desnúdate y colócate esta pajarita en el cuello, este cinturón y estos
    guantes! Este será tu uniforme por el momento. Arrímate a esta pared y permanece recto y quieto hasta que lleguen mis invitadas.

    Al poco rato sonó el timbre. Por la puerta aparecieron dos espléndidas mujeres, entre los cuarenta y cuarenta y cinco años. Llevaban ropa ajustada que realzaba sus curvas, y ambas eran poseedoras de unos grandes senos que en seguida cautivaron mi atención. Después de cuchichear con mi ama, se acercaron a mi y me observaron de arriba abajo.

    Una de ellas, la mayor, me pellizcó un pezón con energía, y con tono despectivo dijo:
    -Bien, bien, espero que a Ingrid le guste esta reunión que hemos preparado. Y tú, esclavo, espero que sepas estar en tu lugar y darnos todo lo que de ti deseamos...

    En ese momento, las tres entraron en la habitación contigua, dejándome ya bastante excitado y elucubrando lo que podía pasar a continuación. Se abrió la puerta, y salieron una a una hacía el salón.

    Se habían cambiado de ropa y aparecían ante mi, cada una con un traje a cual más provocador y excitante.

    Mi Dueña llevaba su clásico traje negro de charol ajustado, con zapatos de tacón alto y una capa transparente. Era la maestra de ceremonias.

    Una de sus amigas apareció vestida de enfermera, con una falda muy corta, medias y ligueros blancos, la blusa medio desabrochada, dejando entrever un sujetador minúsculo y gran
    parte de sus pechos, que luchaban por evadirse. Las gafas y un termómetro completaban su transformación.

    La otra se había disfrazado de policía, con botas y pantalones ajustados, la camisa azul, una placa, unas esposas y una porra, que la hacían parecer una verdadera agente. El pelo corto
    y una mirada altiva y dominante eran sus señas de identidad.
    Las tres se sentaron en cómodos sillones, y se dispusieron a esperar a la homenajeada.
    Llegó a las cinco en punto.

    Entró en el salón y, ante la admiración de todos, se quitó allí mismo el vestido, quedándose solamente en ropa interior negra de encaje, zapatos de tacón de aguja y una larga boquilla con la que fumaba. Echándome el humo a la cara, fue a sentarse en el sillón hasta entonces vacío, recibiendo las felicitaciones de sus amigas reunidas.

    Estaba a punto de comenzar la fiesta. Ama Ingrid se acercó hasta mi. Tenía unos enormes pechos; los más grandes que había visto. Al andar, los movía de un modo que me enervaba. Bajo el sujetador se apreciaban unos pezones grandes y oscuros. Se acercó a mí y, levantando sus pechos con sus manos, miró hacia mi pene erecto. Apoyó su pie en el, apretó y sonrió con descaro mientras se alejaba en dirección  al sillón.

    Mi Ama me ordenó traer unas copas y servirlas dócilmente.
     -Ahora, siervo, vas a presentarnos tus respetos. Arrodíllate ante nosotras, así en el centro, y quítanos los zapatos, y uno, a uno, vas a ir besando y lamiendo nuestros pies. ¡Vamos! ¡Muévete!

    Obedecí sin rechistar: a cuatro patas fui pasando de una a otra, de un pie a otro, explorando con mi lengua todos los rincones que me habían ordenado. Ellas se reían y me alentaban, y
    mientras yo lamía a una, las otras, con los pies, golpeaban mi espalda, mis piernas y mis testículos.

    De repente, la enfermera se levantó y se acercó a mí.
    -Creo que a este siervo le ocurre algo. Deberíamos realizarle una breve exploración.
     
    Ante el asentimiento general, me condujeron a otra habitación. Allí, en el centro, había una camilla de cristal antigua y, en una mesa adjunta, diversos instrumentos y aparatos médicos. Me ordenaron tumbarme en la camilla boca arriba.

    La enfermera, con unos guantes de látex, comenzó a manipular mi pene. Subía y bajaba la piel con mucha parsimonia. Cuando estaba más endurecido, paró. Tomó unas pinzas, las colocó en mis tetillas, simulando poner electrodos para un electrocardiograma.

    -Parece que todo está en orden. Pero, date la vuelta, que echaremos un vistazo a tu agujero posterior.

    Sentí entonces como me separaba las nalgas, y pasaba su dedo por mi ano. Temí lo peor.
    -¡Vamos, arriba! ¿O te has creído que has venido aquí a descansar? Si pensabas que te iba a taladrar el culo ¡olvídalo! Buscamos  nuestro placer, no el tuyo.

    Mientras volvíamos al salón, la mujer policía, sacando su porra, me gritó:
    -¡Quieto ahí cerdo! ¿Por un casual  has pensado que podías irte así, de rondón?
    Intenté justificarme.
    -¡Silencio, gusano! Contra la pared, apoya las manos en ella ¡bien altas! Y separa bien las piernas.

    Había empezado otra representación. Mi Ama, Ingrid y su amiga enfermera se sentaron en los sillones, y contemplaron entusiasmadas aquella demostración de dominación y poderío.
    -Te voy a esposar a esta pared, y vas a confesar todo lo que pasó aquel día.

     Por supuesto, yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando, y mis negativas y silencios eran una perfecta excusa para golpearme. Primero con la porra, luego con una fusta y, finalmente, con las manos. Con sus largas uñas me arañaba la espalda, me pellizcaba los pezones y me
    retorcía el escroto. Era sin duda la más sádica de todas.

    -¿No sabes nada? -preguntaba con insistencia.
    Acercó su rostro al mío, y mientras con las manos sujetaba mi cara, me
    lanzó varios salivazos al rostro.
     -¡Abre la boca! Si no sirve para hablar, servirá para tragar.
     Parecía muy excitada, se encontraba realmente en su ambiente. Acabó
    diciéndome:
     -Quizás si, puede que seas inocente.

      Me desató y me mando ir al baño a lavarme la cara. Al regreso, me esperaba el plato fuerte del cumpleaños.
    Entré en el salón, y lo primero que vi fue a Ama Ingrid sentada en el centro, como una reina: a ambos lados, el resto de amigas de mi Ama le estaban acariciando los pechos. Mi Ama me hizo entonces acercarme al centro, dándome golpecitos con una fusta.

    -¡Arrodíllate ante ellas y contempla, esclavo, a la reina del Sado y su corte! ¡Observa! Pero procura tener tu miembro relajado, porque si no, vas a sentir en él la furia de mi fusta.
     Mientras me ordenaba, golpeaba secamente la fusta en su mano. Arrodillado a un metro escaso de ellas, mis ojos brillaban ante aquella escena. Ama Ingrid se desabrochó el sujetador, dejando sus enormes cántaros al aire, y sus amigas se aprestaron a lamer golosas sus pezones, pasando una y otra vez la lengua por encima y por debajo.

    Todas me miraban maliciosamente. ¿Les habría contado mi Dueña mi obsesión por los pechos grandes? Como era de esperar, mi pene entró en erección furibunda con rapidez.

    Mi Dueña entonces me soltó un par de latigazos, que me hicieron gritar de dolor. Entre risas, le bajaron las bragas y acariciaron su sexo, pasando lentamente los dedos por su crecidísimo
    clítoris. De nuevo mi Ama tuvo que castigarme. Aquella tortura psicológica resultaba inaguantable. Mientras yo chillaba de dolor y Ama Ingrid parecía estar a punto de
    correrse, me ordenaron tumbarme en el suelo.

    Ella se levantó con lentitud y, vestida  ya sólo con los zapatos de tacón, las medias negras y los ligueros, se acercó a mí. Acariciándose los pechos se sentó encima de mi cara.
    -¡Lame, esclavo! ¡Quiero sentir tu lengua en mi coño y en mi culo! Así, así...

    Yo casi no podía respirar: como pude iba moviendo la lengua por sus agujeros. Dando resoplidos de placer, tuvo un orgasmo brutal, que las demás aplaudieron con efusión.
    -¡Limpia mis jugos, cerdo! No me gusta estar mojada.

    Cumplí estoicamente sus deseos con mi lengua y mi cara. Pero cuando estaba a punto de terminar, un chorro de líquido caliente se derramó sobre mi rostro y mi cuerpo.
    ¡ Estaba meando sobre mí!  Este último acto de Ama Ingrid suscitó aún más aplausos y signos de admiración. Me ordenaron entonces ir a buscar una fregona y limpiar el suelo. Obedecí sin abrir la boca.

    A mi regreso, de nuevo observé a todas mis Amas sentadas en un sillón, en el centro un montón de cuerdas.
    -¡Vamos, gusano rastrero, túmbate otra vez en el suelo! Debes estar algo cansado ¿no?
     Sin oponer resistencia me tendí de espaldas, a sus pies.

    Mi Ama  fue atando, alrededor de mi pene, una cuerda para cada una de sus amigas y para ella. Cumplidas las ataduras, empezaron entre risas a tirar de forma indiscriminada de los cabos.

    Entre tirones, mi pene comenzó a ponerse duro de nuevo.
    -¡Veremos cuánto tarda en abrirse esta fuente! ¡Preparadas para erupción!

    Mi falo se movía hacía uno y otro lado. La piel me subía y bajaba rítmicamente bajo el experto manejo de las Dóminas. Ya no pude más: en medio de un grito de dolor y placer, mi miembro estalló y, como un volcán, lanzó varias ráfagas de semen hacia arriba, que luego se
    desperdigaron entre mi vientre y piernas.

    Exhausto, quedé con los ojos cerrados, casi semi inconsciente. Cuando los abrí, sólo estaba mi Ama a mi lado: me tendió un pañuelo y me desató. Mientras me incorporaba me preguntó:
    - ¿Qué te han parecido mis amigas?
     Sin pensarlo respondí:
    - Maravillosas, esta ha sido una de las mejores citas de mi vida.
    Mi Dueña vino hacía mi y me cruzó la cara con una sonora bofetada gritando:
    -¡Cerdo! Es una visita, una visita ¡estúpido! Las citas sólo las dan las mujeres corrientes. Cuando vienes a mí, es por que yo te ordeno que vengas a visitarme, para ponerte a mis pies, a mi servicio  y bajo disciplina, y si lo haces bien, eres recompensado con momentos especiales como hoy. Son sorpresas  y premios que sólo concedo a mis más fieles servidores esclavos.

    Me miraba con esos ojos de fuego y esa seguridad y fuerza que tanto admiro y temo. Caí de rodillas ante ella, temeroso por mi error. Le besé los pies y supliqué humildemente su perdón.

    Ella aceptó mi arrepentimiento, y con voz suave y firme me comunicó que ya se pensaría algún castigo para la próxima vez

 

     
 
     
 

MAZMORRA EN ALQUILER BARCELONA

TODOS LOS DÍAS A HORAS CONCERTADAS

PRECIOS ESPECIALES PARA PROFESIONALES QUE NO DISPONGAN DE ESPACIO PROPIO

MI TELÉFONO MÓVIL: 631 700 446

 
 
    mailto:escueladebdsmdedominazara@gmail.com    
 
 

 

 
 

VOLVER